Déjame
morder tu espontánea risa,
escurridiza,
beber la miel hervida
en tus vagas entrañas,
los jugos, tragarme,
de una lengua retorcida,
pero exquisita
en el mudo ocaso…
Y, déjame,
que te limpie tiernamente
las comisuras,
con pétalos de flor
que, de envidia,
mueran…
por el perfil
de tus labios…
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